Quimera

Tengo

la cama cansada de

soñarnos juntos.

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Tripulación

Llamamos a nuestro galeón ‘Faro’ para que cuando se apagasen todas las luces supiésemos llegar a puerto, pero olvidamos echar amarras y acabamos a la deriva; comprendimos entonces que siempre habíamos sido piratas de charcos por miedo a ahogarnos.

Llenamos la bodega de reproches y dejamos el timón a manos del viento. Llevábamos cuarenta y seis días de oleaje cuando me di cuenta que mi yugo asía tu cuello y que la cadena de mi ancla dio contra el acantilado de tu rechazo.

Hoy repito atardecer en este muelle para decirte que -esta vez- traigo dos salvavidas y que por más que huya, siempre se me va la fuerza por la tinta.

Cuaderno de bitácora

Aunque me fui, siempre estoy volviendo. Porque,

golpeas, erizas, hieres, relames.   L a   p i e l    y    l a s    g a n a s.

Irse

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Me apetece hablar como si supiera lo que estoy diciendo.

Las personas pueden ser lugares. Hay tres tipos de ellos: lugares sempiternos, lugares de paso y lugares a los que te gustaría no haber llegado nunca. Puedes cambiar de ubicación todas las veces que quieras, pero irse es otra cosa.

Cómo irse de un lugar-que-es-persona es fácil si se trata del tercer tipo, aceptable si lo es del segundo y ay amigo suerte en el intento si hablamos del primero.

Y ojo, no estoy diciendo que uno nunca pueda marcharse de un lugar-que-es-persona-que-es-hogar, digo que no puede irse. Aunque quiera. Aunque lo crea querer. Aunque tenga un nuevo lugar.

Luego están los que creen que la distancia (tanto en el sentido geográfico como personal) ayuda. A ver de qué te sirve huir si, por si no te has enterado todavía, irse no es posible.

La relación entre lo que acabo de escribir y esta foto es que cuando la vi por primera vez -como el hombre con su paraguas que aparece ahí- yo me estaba yendo. O eso creía.

Esta pintura es de Leonid Afrémov que, por cierto, es mi favorita (esto sí lo digo sabiendo).

Y, si es que podéis, ‘si me queréi…’

Gigante

Alguien ha dicho tu nombre por el altavoz; has sonado tan fuerte que se me han astillado el coraje y las rodillas. Acción-reaccio(no).

Te veo llegar inatacable, seguro, libre. Tan soberbio que es hasta insultante. Tan sólido que agotas cualquier pizca de aire; mis labios han consumido la última bocanada y tú solo abres la boca si es para morder. Y lo vas a hacer. Tus colmillos anuncian un inmediato desahucio de la poca calma que queda en mí.

Mira que juegas bien tus cartas; estaba lista para huir cuando disparaste tus sinceridades sin vacilación. Qué astuto querer desordenarme el equilibrio, qué antojo el tuyo desgarrarme el valor a tiras. Cuántas ganas de conquistar mi silencio.

De eso se trató. Siempre te ha sido más fácil hacerme pequeña que crecer.

Esencia

Hay quien no sabe ser.

Ya nadie dice lo que le late, y qué pena. Conozco silencios que cuentan más que cualquiera de las explicaciones que nunca se llegan a dar. Las pasiones escondidas, que rebelarse contra el dolor es cosa de héroes y aquí hace ya años que tenemos la capa caída. Y la mirada también.

Estamos tan acostumbrados a la guerra que nos hemos olvidado de luchar. Ventilar(se) los miedos. Sacudir(se) el frío. Oxigenar(se) las ganas. Esa es la auténtica batalla; pero claro, es más fácil acomodarle un espacio a los monstruos que descongelar las heridas que nos crearon y hacerlas cicatrizar.

La infección se combate creyendo en tus ideales y remando hasta lograrlos. Madurar la mente significa descontaminarse. Y es brutalmente necesario para poder realimentar nuestras tuercas; esas que custodian el engranaje entre la piel y lo que la hace vivir.

Hacen falta más emociones. Sentir más -y estoy hablando de lo intangible-.