Pupilas

Acumulo miradas en la estantería.

La más verde la traje de la selva de Sinharaja, que de vez en cuando me ruge para recordarme que no deje de ser explosión, peligro, sudor. Que para crecer tan alto como sus palmeras hay que abrirle hueco a la lluvia. Y a la mente.

Guardo otra que es salitre puro. Cada vez que no me encuentro, su brisa erosiona mis costados y me repite que la solución es engullir los miedos. Volverme furia, arrastrarlos tan profundo que no hagan pie.

La última en llegar está llena de urbanidad, pensamientos de humo, llaves de casa y mensajes no respondidos. Mira a todos altiva inundada en ruido. A veces llena de luz, a veces vacía. Cuando me siento pequeña, me regala su disfraz de gigante.

Acumulo miradas en la estantería porque desde que no te veo, ya no tengo unos ojos en los que quedarme a florecer.

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Gula

Escribo.
En tinta negra. Manías.
Lo hago lo mejor que puedo, no,
lo hago lo mejor que sé;
porque si es por poder,
siempre quiero más.

A veces tres líneas,
a veces tres folios,
pero siempre de dentro hacia fuera
porque siempre escribo con
respe(c)to
a lo que siento.

Escribo lo que sale de mi pecho
que no de mi mano.
Escribo porque es lo que me apasiona.

Uno de los escritores que más me transmiten es Miki Herranz, que tiene un aforismo que dicta así:
El alma ha de comer
para seguir con hambre.

El hambre invisible es lo que te mueve.
Es el apetito, son las ganas. Las del alma.

Escribo porque es
lo que me alimenta. 
Nunca dejéis de hacer lo que os sustenta. 
Encontrad lo que os remueve y 
devorad hasta las raíces.

Cadencia

Hay que bailarlo todo.

Bailar los ritmos que vengan. Bailar las dudas, los miedos y las heridas. Bailar el deseo, la serenidad y los cambios. Bailar con los ojos cerrados, en el suelo y en el tejado. Bailar con el pecho abierto y los pies descalzos. Bailar en las sombras pero nunca en silencio. Bailar con las manos, con las bocas, en los semáforos. Bailar el otoño y también en unos ojos.

Bailar el agua. Bailar(te) con sed. Bailar(nos) en la ducha. Bailar nuestra tregua, una y otra vez.

Fieras

Lo de nuestros labios fue un combate a todo o nada, tú tan hambriento y yo tan plena. El juego empezó cuando hundiste tus caricias en mi espalda avanzando al ritmo de mis suspiros. Tenías un mordisco en el hombro que llamaba a gritos a mis colmillos, y yo no podía decirle que no. Tu lengua leyendo mi ombligo inventando un nuevo compás para nuestros latidos. Descubrirnos relamiéndonos la confianza, los sueños y los dedos fue el detonante para que se te rompieran las ganas en mis caderas y yo clavase mis uñas en tu desorden. Y qué abrasador el desequilibrio.

Lo de aquella noche fue quererse con la boca; y no tiene nada de extraño, oliendo a lluvia cómo no ibas a hacerme agua.