Némesis

En tus manos un revólver, en las mías una pluma.

Tú la tinta, yo la pólvora.

Y no sé qué abre más en canal, si el verso o la bala.

Anuncios

Esencia

Hay quien no sabe ser.

Ya nadie dice lo que le late, y qué pena. Conozco silencios que cuentan más que cualquiera de las explicaciones que nunca se llegan a dar. Las pasiones escondidas, que rebelarse contra el dolor es cosa de héroes y aquí hace ya años que tenemos la capa caída. Y la mirada también.

Estamos tan acostumbrados a la guerra que nos hemos olvidado de luchar. Ventilar(se) los miedos. Sacudir(se) el frío. Oxigenar(se) las ganas. Esa es la auténtica batalla; pero claro, es más fácil acomodarle un espacio a los monstruos que descongelar las heridas que nos crearon y hacerlas cicatrizar.

La infección se combate creyendo en tus ideales y remando hasta lograrlos. Madurar la mente significa descontaminarse. Y es brutalmente necesario para poder realimentar nuestras tuercas; esas que custodian el engranaje entre la piel y lo que la hace vivir.

Hacen falta más emociones. Sentir más -y estoy hablando de lo intangible-.

Desgarro

Qué forma tan agridulce la nuestra. Mimarnos en la distancia. Anclarnos en la indiferencia de unos recuerdos que no dejan de buscarse. Mantenernos descosidos de garganta para dentro no vaya a ser que las entrañas nos susurren nuestros nombres.

Tan cerca y tan dolor. Tan cerca y tanto temor. Aquel día descubrí que hay miradas que pueden tartamudear, que hay manos capaces de contener la respiración. Que los fantasmas están ahí para algo.

Nos faltó tiempo para terminar y ahora qué miedo el impacto.

Templos

Lo de las cremalleras es todo un misterio. Nunca es la intención, siempre es la mano que la baja. Y eso es un arte. Unos dedos deslizándose con tropiezo y unos ojos mirándolos latir. Adivina quién se queda sin ropa y quién desnudo.

Qué necio el que cree que al abrirlas se cierran las heridas y no entiende que es la caricia la que cura. Ahuyentar el frío de unos dientes de metal dejándose caer en las palmas como si fuesen una red. Tocar despacio, necesitando permiso, rumbo y capitán.

Siempre son las manos. Qué triste que lo hayamos olvidado.

Amarescente

Hubo una época en la que nos derramábamos por los calendarios como quien vacía la cafetera por primera vez. Con ansia. Buscando esa inyección de cafeína afectiva. Anegando los días de mordiscos y sabiéndonos eternos en una taza de sesenta mililitros.

Nos recuerdo exigiéndonos hasta el hartazgo. Jamás supimos ser cómplices, siempre fuimos dos bandos luchando; el ganador recibía un tazón de cumplidos y el vencido se quedaba lamiendo arañazos. La evolución nunca ha sido dulce y mucho menos nuestra forma de mirarnos.

-¿Te has dado cuenta que nos queremos como el café?

+¿Cómo?

-Amargamente.

 

Pero un día se acabó la guerra y empezaron a pesarnos los años en los labios. Nos cansamos de gastarnos. Fin. Todo el mundo sabe que nada sabe igual si el café es recalentado.

Candente

Recuerdo cómo te gustaba dejar caer las palabras como si de la ceniza de un cigarro se tratase. Salían de tu boca ya quemadas, calcinadas. Palabras polvo. Por eso éramos mejor en silencio, porque siempre supiste hacer carbón con tus labios.

Y ahora, después de tanto, qué cruel que eche de menos tu voz solo porque quiera probar de nuevo la pólvora.